
Ser mexicano es una de las cosas más extrañas que le pueden ocurrir a una persona. Y sobre todo si es poeta. México, como Perú, es una sociedad compleja y absurda que sobrevive porque sabe comer, bailar y disfrutar de la vida y de la muerte. México, como Perú, tiene a grandes vates que han sabido acariciar las palabras para que chillen como putas y para que mueran en jueves como heraldos del verso y la canción.
Y es ese enorme país del norte el que nos ha obsequiado durante años la otra poesía mexicana: la del Chavo del Ocho y Cantinflas, la de Pedro Infante y Los Panchos, la de
Y seguramente el chilango Yaxkin los conoce muy bien, porque estos versos chingones son para chingar a los otros, a los deformes e informes que se limpian las uñas y no la llaga ajena. Porque esas ciudades electrodomésticas son su creación y porque para eso el estro: para decirnos que aún hay esperanzas y deseos que debemos saciar con el silencio, las palabras y la verdad.
En fin y por fin. Vayamos pues de la mano de estos versos encendidos y precedidos por un epígrafe que nos pondrá el corazón duro como un ancla de hierro.
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